martes, 31 de mayo de 2011

No os dejaré huérfanos

AL HILO DEL EVANGELIO (16)

Jn 14,15-21

Son palabras de despedida. Me viene al pensamiento la palabra ‘testamento’. Las últimas indicaciones, lo que la persona desea que quede como su última voluntad y que sea así recordado.

Eran momentos de intimidad. Jesús abre el corazón a sus discípulos.

‘En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

Si me amáis, guardaréis mis mandamientos… El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él.’

Amar al Señor y guardar -obedecer- sus mandamientos va unido. No se puede obedecer libremente una palabra imperativa si no se ama a la persona que la pronuncia. Estamos lejos de una relación situada a nivel jurídico -‘no me queda más remedio’, ‘no puedo hacer de otra manera’-. Lo que precede a la obediencia es el encuentro inesperado, gratuito de aquella persona que te conoce y te ama incluso antes de tu concepción.

Los mandamientos son palabras de vida. Dios no los impone. La imagen más cercana para comprenderla es la relación padres-hijo. Los padres quieren el bien del hijo y le indican el camino, se lo explican, le aconsejan. Si el hijo llega a darse cuenta del amor que hay en ese consejo, en esas palabras de orientación, las acogerá y las guardará con gran alegría. Esas palabras llegarán a ser luz en su camino.

No es que el amor de Dios está condicionado a nuestra obediencia. Si fuese así, Dios no sería Dios. El amor de Dios nos acompaña continuamente, como el amor de los padres acompaña continuamente al hijo, siga los consejos o no.

‘Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad.

El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque vive con vosotros y está con vosotros.

No os dejaré huérfanos, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy con mi Padre, y vosotros conmigo y yo con vosotros.’

Son palabras que dan mucha confianza y serenidad. ¡No estamos solos! Dios, su Espíritu nos acompaña continuamente. Darse cuenta de esta compañía, acogerlo, reconocerlo,… el reto de toda vida espiritual.

¡Feliz tiempo Pascual!

Un abrazo. Fraternalmente.

Fernando García

 

lunes, 23 de mayo de 2011

¡Creedme!

AL HILO DEL EVANGELIO (15)

Jn 14,1-12

Ciertos pasajes bíblicos se relacionan con situaciones que se han vivido. El de hoy es uno de ellos. Era una mañana de Enero 2008, en un poblado de la Parroquia Sta María Magdalena de Domo. Pauline, una joven mujer, había fallecido el día anterior y estábamos celebrando el funeral por su eterno descanso. Su marido, los hijos pequeños, la comunidad cristiana, ahí estábamos reunidos, sobrecogidos, sin encontrar una explicación a lo que veían nuestros ojos .El evangelio escogido fue este. Lo recuerdo como uno de los momentos más emocionantes, la serenidad que se desprendía de la escucha silenciosa y orante de estas palabras de Jesús.

‘En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

-- Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no, os lo habría dicho, y me voy a prepararos sitio. Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino.’

Son momentos de intimidad. Jesús entrevé que su final está cerca. Quiere sostener a sus discípulos con una palabra verdadera, que da calor, serenidad, confianza. Él se va para prepararnos un sitio. Llegado el momento, volverá para llevarnos con Él. Y allí donde esta Él, estaremos también nosotros.

Veo que es importante tener presente esta verdad. Somos caminantes hacia la morada de nuestro Padre. La vida cotidiana, con sus ajetreos, sus idas y venidas, arriesga de descolocarnos, haciéndonos olvidar que nuestra vida tiene un horizonte.

‘Tomás le dice:

-- Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?

Jesús le responde:

-- Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.’

En este caminar diario, sólo un camino nos lleva hacia la morada del Padre, Jesús. Él es el camino, la verdad y la vida. A menudo se nos presentan posibilidades diferentes de realización, de vivir. Y en nuestro interior surge el conflicto: ¿qué hacer?, ¿qué camino tomar?, ¿dónde poner el pie?, ¿hacia dónde ir?. Las palabras de Jesús no nos dan una seguridad automática. Se trata de confiar en ‘Aquel que sabemos que nos conoce y ama’.

‘Felipe le dice:

-- Señor, muéstranos al Padre y nos basta.

Jesús le replica:

-- Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: "Muéstranos al Padre"? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras.’

La pregunta de Felipe me interpela muchísimo. Y me pregunto si después de tantos años conozco verdaderamente al Señor Jesús. Hago muchas cosas en su nombre, mi vida la pongo en sus manos cada día… pero ¿lo conozco verdaderamente?.

Creo que conocerlo va unido a la confianza. No tengo ninguna seguridad palpable. Me parece que el conocimiento de Jesús se verifica en la vida cotidiana, cuando ante una palabra que hay que decir, una acción que hay que realizar, una decisión que hay que tomar… En ese momento, la Palabra de Jesús aparece en mi mente como una luz que ilumina y se ve con una cierta claridad lo que hay que hacer. Y en el fondo, hay serenidad y paz.

‘Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre.’

Creedme. Es la confianza que nos permite de realizar las obras que Jesús ha realizado, y aún mayores, sencillamente porque Él está en el Padre y nosotros en su corazón.

¡Creedme!

¡Feliz tiempo Pascual!

Un abrazo. Fraternalmente.

Fernando García

 

jueves, 19 de mayo de 2011

El Buen Pastor

AL HILO DEL EVANGELIO (14)

Jn 10,1-10

Jesús, el Buen Pastor.

‘Yo he venido para que los hombres tengan vida y la tengan abundante’

¿Cómo podemos acoger esta vida que Jesús nos ofrece? ¿Cuáles son los pasos que hay que dar? Una parábola para explicárnoslo

‘Las ovejas escuchan su voz’

El primer paso es la escucha de la voz del Buen Pastor. Habituarse a escucharlo, a prestar atención, a reconocer su voz entre tantas otras voces que se oyen.

Escucharlo no es cuestión de momentos, de ratillos esporádicos, sino de fidelidad cotidiana. Se reconoce lo que se conoce.

‘Él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera’

A cada una la llama por su nombre. Así es en la relación con el Señor: él nos conoce personalmente, a cada uno por nuestro nombre. Para Dios, no somos uno más, ‘somos preciosos delante de sus ojos’.

‘Camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen’

El es el Maestro, nosotros sus discípulos. ¡Dichosos si vivimos con serenidad esta relación!

‘Porque ellas conocen su voz’

Entre el Maestro y el discípulo se establece una relación estrecha, una familiaridad íntima. ¡Su voz es inconfundible! Es a ella a quien hay que seguir.

‘Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:

--…’Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y, salir, Y encontrará pastos.’

Jesús es el camino de la salvación, de la vida que no termina. Quien toma este camino puede entrar y salir libremente, vive en libertad.

¡Feliz tiempo Pascual!

Un abrazo. Fraternalmente.

Fernando García

 

martes, 10 de mayo de 2011

Los discípulos de Emaús

AL HILO DEL EVANGELIO (13)

Lc 24,13-35

Jesús sigue manifestándose a sus discípulos, en este caso, a los de Emaús. Ellos tienen un poco de dificultad para reconocerlo, pero al final se les abren los ojos. En ese momento, él vuelve a desaparecer.

¿Qué hay detrás de esta página? ¿Cómo pueden nuestros ojos abrirse a la presencia del Señor Jesús resucitado? Veamos como Lucas transmite a su comunidad la experiencia gozosa que él ha vivido de la resurrección de Jesús.

‘Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos.’

En estos dos discípulos veo el desencanto, la decepción, incluso la frustración. Habían seguido a Jesús, esperaban que él fuese el Mesías, pero ya son tres días desde que lo crucificaron, y no hay nada de nada. Mejor volverse al pueblo y reiniciar la vida anterior.

Mientras hablan y discuten de todo ello, Jesús se acerca y se pone a caminar con ellos. Es esta la manera de hacer de Dios, que apenas ve que se abre una pequeña brecha en la vida de una persona, ahí se hace presente. Eso sí, el primer paso tiene que darlo la persona.

Puede ser la lectura y/o meditación de una página bíblica, el compartir en pareja, en grupo la inquietud por las cosas de Arriba…

‘Ellos lo veían, pero había algo que les impedía de reconocerlo.’

Me pregunto por ese algo. ¿Qué era lo que les impedía de reconocerlo? Lo veían, pero no llegaban a reconocerlo.

La respuesta nos la da el mismo Jesús.

‘Entonces Jesús les dijo:

--¡Hombres sin inteligencia! ¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?’

Me imagino a una persona que habla con su amigo y le cuenta algo que es verdadero. Pero éste no se lo cree. El insiste y le dice: ‘pero ¿porqué te obstinas a no dar crédito a lo que te estoy diciendo?’. Es una actitud de desconfianza.

¿No era esto lo que les pasaba a los dos discípulos de Jesús? Hablaban de Él, discutían, pero ahí se quedaban.

‘Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron.’

Incluso dudan del testimonio de las mujeres que formaban parte del grupo.

Ese algo que les impedía de reconocerlo es esta falta de confianza en la Palabra de Dios, es decir, en Él mismo, y en el testimonio de los otros.

Esto me recuerda los pasajes del Evangelio donde Jesús echa en cara a los discípulos la falta de fe, de confianza.

Y Sta Teresita del Niño Jesús, que decía: “Es la confianza y nada más que la confianza la que nos conduce al Amor”.

Se reconoce al Señor cuando hay confianza en El.

‘Él les dijo:

--¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?

Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó:

--¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?

El les preguntó:

-- ¿Qué?

Ellos le contestaron:

--Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace dos días que sucedió esto.’

Como quien no sabe de qué van las cosas, Jesús entra en el diálogo haciéndoles una primera pregunta, y apenas ve la posibilidad, salta sobre la segunda.

Estas dos preguntas permiten a los dos discípulos de expresar lo que sienten, lo que llevan en las entrañas. De una manera, aparentemente ingenua, Jesús les ha ayudado a expresar sus sentimientos.

Según veo, el camino del encuentro con Dios pasa por reconocer lo que se siente en lo más profundo de sí mismo. Reconocerlo y ponerle nombre.

A veces, podemos pensar que se puede ir hacia Dios dando un rodeo a nuestros pensamientos, sentimientos, pasiones y emociones. Como si una cosa fuese la vida espiritual y otra la vida humana. ¡Eh, no! Reconocer, familiarizarse, explorar lo que nos mueve realmente, es el camino para crecer espiritualmente, para reconocer al que está vivo.

 ‘Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura. Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo:

--Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída.’

Lo veían y no lo reconocían. Pero algo se está moviendo en sus corazones: se sienten considerados, escuchados, comprendidos. Es el lenguaje de Dios. Y no pueden dejarlo irse. ‘Quédate con nosotros’. Pero si no lo conocían. Es el milagro de Dios: vuelven a tener confianza, a mirar con los ojos de la esperanza.

‘Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron.’

Ahí está. Ahora sí. ¡Es Él! En el momento en que Jesús se da, lo reconocen.

‘Pero él desapareció.’

Esto parece como jugar al escondite: te veo y no te veo. Y de nuevo a buscarlo.

La fe es confianza. A Dios no se le puede atrapar, modelar según nuestros criterios y pensamientos. Él va siempre delante, abriendo caminos nuevos, horizontes que todavía no han sido descubiertos.

‘-- ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?’

Y lo que queda grabado en el corazón es la experiencia gozosa de sentirse amado y querido incondicionalmente por Él. Esta experiencia, nadie ni nada puede quitárnosla.

Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:

--Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.

Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

¡Feliz tiempo Pascual!

Un abrazo. Fraternalmente.

Fernando García

 

 

lunes, 2 de mayo de 2011

Tiempo Pascual

AL HILO DEL EVANGELIO (12)

Jn 20,19-31

La resurrección del Señor es un don que se manifiesta en signos concretos. Veámoslos tal como nos lo presenta hoy el evangelio de Juan.

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

-- Paz a vosotros.

El primero de ellos es el don de la paz.

Me gusta traducirla por confianza. La paz da serenidad, confianza, saber que el Señor te acompaña, que no estás solo. Es una fuerza interior muy grande. La tormenta puede llegar, las olas pueden embestir, pero si hay esta confianza en El, nada ni nadie podrá contra ti.

Esta paz antes que nada es un don de lo Alto, de Dios.

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.

El segundo es el don de la alegría.

Es la alegría que brota del fondo del corazón, que significa que has encontrado el tesoro escondido, que no hay otra realidad a la que se pueda comparar. Eso lo sabe tu corazón, que ha encontrado al Amado.

Jesús repitió:

-- Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.

El tercero es el don del envío.

‘No se alumbra una luz para esconderla bajo el celemín. Se alumbra para que pueda iluminar a todos los de la casa. Ilumine así vuestra vida delante de todos los hombres, de tal manera que viendo el bien que hacéis, puedan alabar a vuestro Padre que está en los cielos’. (Mt 5,15-16)

Se recibe para dar. Es la lógica pascual.

Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:

-- Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

El cuarto es el don del Espíritu.

En la misión, no estamos solos. El verdadero protagonista es el Espíritu Santo. Sin El, toda nuestra acción se quedaría a un nivel muy terrenal.

Me gusta traducir el Espíritu por respiración, soplo vital. Es el aliento de Dios que nos acompaña día y noche, despiertos o dormidos, y sin darnos cuenta. Sin él, ¿cómo podremos continuar a vivir?, ¿qué vida podremos transmitir?.

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:

-- Hemos visto al Señor.

Pero él les contestó:

-- Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.

La tentación de la autosuficiencia, de hacer el camino solo, de no confiar más que en sí mismo, de poner en duda lo que la comunidad ha vivido o está viviendo…

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:

-- Paz a vosotros.

Luego dijo a Tomás:

-- Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.

Contestó Tomás:

-- ¡Señor Mío y Dios mío!

Jesús le dijo:

-- ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su Nombre.

Tomás. ¿Quién no se reconoce en El? ¿Quién no quiere ver antes de confiar?. Y sin embargo, Jesús nos ha dicho: Dichosos los que crean sin haber visto. Confiar es una cuestión de corazón, de amor.

¡Feliz tiempo Pascual!

Un abrazo. Fraternalmente.

Fernando García

 

lunes, 25 de abril de 2011

Domingo de Resurrección

AL HILO DEL EVANGELIO (11)

Mt 28,1-10

Domingo de Resurrección. Es la primera experiencia cristiana: Jesús, ése que han crucificado, está vivo. ¿Cómo darse cuenta de ello? ¿Cómo llegar a sentirlo?. El Evangelio de hoy nos da algunas claves.

En la madrugada del sábado. Al alborear el primer día de la semana, fueron María la Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. (…)

El ángel habló a las mujeres:

-- Vosotras no temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí: ha resucitado, como había dicho.

Antes de amanecer, allí están, María la Magdalena y la otra María. En camino. Quieren ver el sepulcro donde está el cuerpo de Jesús. Estando en ello, reciben la noticia que ya no está ahí, que ha resucitado.

Sólo buscaban estar al lado del cuerpo sin vida de aquel que las había amado. María la Magdalena llevaba grabada en su corazón la mirada de ternura que un día le dirigió Jesús.

Amaba a Jesús. Le quería. Y ahí recibe la buena noticia.

Esta es una primera clave: ponerse en camino, buscar al ‘Amado’. En esa búsqueda, Dios te sale al encuentro anunciándote el don de la vida.

¡Jesús está vivo!. No es fácil decir cómo se pasan las cosas, qué ha sucedido, cómo lo he sentido. Sencillamente, ha sido así.

Pienso que la experiencia humana más próxima es la del enamoramiento. No se sabe cómo, de qué manera, pero algo fundamental ha pasado en mi vida. De tal manera que, a partir de ese momento, hay un antes y un después. Ningún otro lo ha visto, sólo nosotros dos. ¡Es todo!.

En esta semana santa, hemos visto en comunidad (gracias a la amabilidad de los amigos en el Señor), por dos veces, la película ‘Hombres y Dioses’ sobre la vida de los monjes cistercienses asesinados en Argelia en 1996. La escena entre el Hermano Luc y la joven que viene a trabajar al monasterio podría iluminar esta experiencia. Ella siente el amor por alguien y le pregunta al Hermano Luc cómo se pasa todo ello. El le explica lo que se siente -desconcierto, agitación, sobresalto… pero extraordinariamente bello-. Y ella le pregunta: ‘¿y tu, nunca te has enamorado?’. ‘Sí, varias veces cuando era joven’, le responde. ‘Luego llegó otro amor, Jesucristo. Hace de eso ahora sesenta años’.

Venid a ver el sitio donde yacía e id aprisa a decir a sus discípulos: "Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis." Mirad, os lo he anunciado."

Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro; impresionadas y llenas de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús, les salió al encuentro y les dijo:

-- Alegraos.

Ellos se acercaron, se postraron ante él y le abrazaron los pies. Jesús les dijo:

-- No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán.

¿Qué lugar para encontrarlo? Galilea. En la vida cotidiana, la de todos los días, días de rosa y días grises, saber alzar la mirada y desear encontrarse con el Amado.

¡Feliz semana Pascual!

Un abrazo. Fraternalmente.

Fernando García

 

 

 

lunes, 18 de abril de 2011

Semana Santa

AL HILO DEL EVANGELIO (10)

Mt 21,1-11

Cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé, junto al monte de los Olivos, Jesús mandó dos discípulos, diciéndoles:

-- Id a la aldea de enfrente, encontraréis enseguida una borrica atada con su pollino, desatadlos y traédmelos. Si alguien os dice algo, contestadle que el Señor los necesita y los devolverá pronto.

Esto ocurrió para que se cumpliese lo que dijo el profeta: "Decid a la hija de Sión: 'Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en un asno, en un pollino, hijo de acémila'."

Fueron los discípulos e hicieron lo que les había mandado Jesús: trajeron la borrica y el pollino, echaron encima sus mantos, y Jesús se montó. La multitud extendió sus mantos por el camino; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada. Y la gente que iba delante y detrás gritaba:

-- ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!

Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad preguntaba alborotada:

-- ¿Quién es éste?

La gente que venía con él decía:

-- Es Jesús, el Profeta de Nazaret de Galilea.

Jesús entra en Jerusalén. Lo que retiene mi atención es la manera de hacerlo: montando un borriquillo. Y así entra. No ha escogido medios potentes. Jesús ha hecho la opción por la humildad. Su entrada en Jerusalén puede resumir su vida: la verdad se manifiesta en la humildad.

Es el camino de entrada en esta semana grande.

¡Feliz semana Santa!

Un abrazo. Fraternalmente.

Fernando García

 

 

miércoles, 13 de abril de 2011

Diálogos

Son alrededor de las diez de la noche. El grupo del primer año me ha llamado para ver juntos la situación de la caja común. El pequeño fondo de reserva se está agotando. Normalmente, a esta hora me retiro y me preparo para el día siguiente. Estoy siguiendo a través de internet los últimos acontecimientos de Costa Marfil. Emile, 20 años, viene para presentarme el balance de la gestión económica de marzo. A continuación me dice si puede quedarse un ratillo pues desde hace algún tiempo tiene una preocupación. Me recordé que ya me había dicho que quería hablar.

La cuestión es la siguiente: se imagina a Jesús con sus discípulos presentándose como Hijo de Dios. La gente lo escucha. Piensa en hoy día, hay gente que se presenta con la última revelación, que hablan como profetas. Dice: ‘algo así debió ser con Jesús. Si yo hubiese estado en medio de aquella gente, seguramente no lo habría reconocido como el Hijo de Dios, no lo habría seguido, como no sigo hoy a estos pseudoprofetas. ¿Qué pasó con los discípulos para que lo siguieran? ¿Qué vieron en él de particular?’.

No esperaba que viniese con esta pregunta. Aproveché para compartir la experiencia fundamental de los discípulos, que es la resurrección de Jesús. El Evangelio hay que leerlo a partir de esta experiencia de vida: ‘ese a quien han crucificado, Dios lo ha resucitado’. Hasta ese momento, no había nada de nada: encerrados por miedo, huyendo desencantados, remordimiento de la negación…

Esta experiencia es fundamental para todo cristiano. Sin ella -‘he sentido en mi vida que Jesús está vivo, y lo digo no por lo que me han dicho de él, sino porque lo he sentido en mi propia carne’- no hay vida cristiana. Jesús habría sido uno más entre tantos otros.

Compartí con Emile la pequeña historia del cazador con sus perros. Uno de ellos ve una liebre. En el momento se lanza a por ella. Los otros perros no la han visto, pero como ven que el otro se ha puesto a correr, ellos también lo hacen. Después de un rato corriendo y al no ver nada, empiezan a desanimarse. Uno después del otro vuelven al punto de partida. Sólo queda persiguiendo la liebre quien la ha visto.

Eran las once y media de la noche y seguíamos hablando. Al final, dice:’demos gracias al Señor, porque lo que me ha hecho descubrir esta noche, no me lo esperaba’. Después de la oración nos dimos las buenas noches. El despertador da cita a las cuatro y media de la mañana.

Fraternalmente.

Fernando

 

domingo, 10 de abril de 2011

La resurrección de Lázaro

AL HILO DEL EVANGELIO (9)

Jn 11,1-45

Estamos en Betania, a media hora de camino de Jerusalén. Jesús tiene algo bonito que decirnos antes de entrar en la Semana Santa.

Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.

A partir de un acontecimiento corriente, la enfermedad y muerte de un amigo, Lázaro, Jesús anuncia a sus discípulos una Buena Noticia.

Apenas oye que Jesús está cerca, Marta va a su encuentro. En el diálogo que sigue, Jesús le dice:

Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?

Es esta la Buena Noticia. Me llama la atención la pregunta que Jesús hace a Marta: ¿Crees esto?. No lo da por descontado. Me viene al pensamiento las veces que oímos grandes verdades, cosas claras, pero no quiere decir que siga una adhesión. Pasa lo mismo en el nivel de la fe.

Algo de eso le estaba ocurriendo a Marta, ya que no es casual que Jesús le insista por una segunda vez: ¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?

¿Crees esto?. Es una invitación obligatoria a la personalización de la fe. Ahí está el núcleo: la vida es más fuerte que la muerte, el sepulcro se abrió. Es una cuestión de fe -se cree o no se cree-, que abre al misterio de la vida eterna. Este es el primer paso. Hay un segundo.

El que está vivo y cree en mí. Creer en la vida eterna que Jesús nos trae comporta traducirlo en la vida cotidiana. Esta frase se puede traducir de esta otra manera: el que vive en mí no morirá para siempre. Es la coherencia en la vida. La vida eterna que Dios me ofrece ejerce sobre mí una tal fascinación que no puedo vivir de otra manera. Esta vida eterna se visualiza en el día a día. Un ejemplo, el amor a la verdad forma parte de este nuevo estilo. En mi vida diaria no puedo negarla, infravalorarla o dejarla de lado. Sería una contradicción.

Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.

La relación que Jesús entretiene con el Padre: la CONFIANZA. No hay otro camino. Creer o no creer en las palabras de Jesús es cuestión de confianza y de amor. Es el lenguaje de la fe.

¡Feliz semana!

Un abrazo. Fraternalmente.

Fernando García

 

domingo, 3 de abril de 2011

El ciego de nacimiento

AL HILO DEL EVANGELIO (8)

3 abril 2011

Jn 9,1-41

Es curioso este texto. El ciego de nacimiento está ahí, delante de Jesús y de sus discípulos. Él no pide nada, no habla. Son los discípulos que viéndolo preguntan a Jesús sobre el origen de su ceguera. A partir de ahí, Jesús inicia a actuar.

Está ciego para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día, tenemos que hacer las obras del que me ha enviado; viene la noche, y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo.

Es una ceguera particular, no como todas las otras. A través de ella se van a manifestar las obras de Dios. Estas obras han de realizarse de día, no de noche.

La ceguera impide ver. En este caso impide ver las obras de Dios. Además, de nacimiento, como queriendo decir que nunca se dio cuenta del don gratuito de Dios en su vida y en la vida de sus semejantes.

Jesús da esta luz. El es quien puede abrir los ojos a quien los tiene cerrados. Siempre y cuando haya disponibilidad y deseo en la persona.

Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado).

La curación se realiza en el envío. Se abren los ojos de la fe en el momento en que se inicia a caminar acogiendo con confianza la voz de Jesús que surge en el fondo del corazón.

Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo.

Los vecinos y amigos no logran comprender lo que le ha sucedido. Su familia no puede más que constatar lo que es una realidad. Los responsables religiosos no se lo creen. Tienen ojos, pero no ven.

El, sin miedo y sin dejarse condicionar por la presión ambiental, dice lo que ha sucedido en su vida: ‘sólo sé que era ciego y ahora veo’.

Se deshacen de él. Lo expulsan de la sinagoga.

Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo:

-- ¿Crees tú en el Hijo del hombre?»

Él contestó:

- ¿Y quién es, Señor, para que crea en él?

Jesús le dijo:

-- Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.

Él dijo:

-- Creo, Señor.

Y se postró ante él.

Y recibe a Jesús como Señor de su vida. Ante Él, cae a tierra y se prosterna. Él es la luz del mundo.

Para un juicio he venido yo a este mundo; para que los que no ven vean, y los que ven queden ciegos.

¡Que paradoja! Los que no ven, ven y los que ven, quedan ciegos. ¿Cuál es la raíz de esta ceguera?: ¿el orgullo?, ¿la soberbia?, ¿la vanagloria?, ¿el ídolo de la autonomía personal?... ¿Cuál es la fuente de esta luz?: ¿la humildad?, ¿la confianza?...

Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron:

-- ¿También nosotros estamos ciegos?

Jesús les contestó:

-- Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado, pero como decís que veis, vuestro pecado persiste.

¡Feliz semana!

Un abrazo. Fraternalmente.

Fernando García

 

 

 

El ciego de nacimiento

AL HILO DEL EVANGELIO (8)

Jn 9,1-41

Es curioso este texto. El ciego de nacimiento está ahí, delante de Jesús y de sus discípulos. Él no pide nada, no habla. Son los discípulos que viéndolo preguntan a Jesús sobre el origen de su ceguera. A partir de ahí, Jesús inicia a actuar.

Está ciego para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día, tenemos que hacer las obras del que me ha enviado; viene la noche, y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo.

Es una ceguera particular, no como todas las otras. A través de ella se van a manifestar las obras de Dios. Estas obras han de realizarse de día, no de noche.

La ceguera impide ver. En este caso impide ver las obras de Dios. Además, de nacimiento, como queriendo decir que nunca se dio cuenta del don gratuito de Dios en su vida y en la vida de sus semejantes.

Jesús da esta luz. El es quien puede abrir los ojos a quien los tiene cerrados. Siempre y cuando haya disponibilidad y deseo en la persona.

Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado).

La curación se realiza en el envío. Se abren los ojos de la fe en el momento en que se inicia a caminar acogiendo con confianza la voz de Jesús que surge en el fondo del corazón.

Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo.

Los vecinos y amigos no logran comprender lo que le ha sucedido. Su familia no puede más que constatar lo que es una realidad. Los responsables religiosos no se lo creen. Tienen ojos, pero no ven.

El, sin miedo y sin dejarse condicionar por la presión ambiental, dice lo que ha sucedido en su vida: ‘sólo sé que era ciego y ahora veo’.

Se deshacen de él. Lo expulsan de la sinagoga.

Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo:

-- ¿Crees tú en el Hijo del hombre?»

Él contestó:

- ¿Y quién es, Señor, para que crea en él?

Jesús le dijo:

-- Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.

Él dijo:

-- Creo, Señor.

Y se postró ante él.

Y recibe a Jesús como Señor de su vida. Ante Él, cae a tierra y se prosterna. Él es la luz del mundo.

Para un juicio he venido yo a este mundo; para que los que no ven vean, y los que ven queden ciegos.

¡Que paradoja! Los que no ven, ven y los que ven, quedan ciegos. ¿Cuál es la raíz de esta ceguera?: ¿el orgullo?, ¿la soberbia?, ¿la vanagloria?, ¿el ídolo de la autonomía personal?... ¿Cuál es la fuente de esta luz?: ¿la humildad?, ¿la confianza?...

Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron:

-- ¿También nosotros estamos ciegos?

Jesús les contestó:

-- Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado, pero como decís que veis, vuestro pecado persiste.

¡Feliz semana!

Un abrazo. Fraternalmente.

Fernando García

 

 

martes, 29 de marzo de 2011

La Samaritana

AL HILO DEL EVANGELIO (7)

Jn 4,5-42

Tercer Domingo de Cuaresma. La progresión en la fe: de la nada a descubrir que ese que le está hablando es el Mesías, de la pasividad a testimoniar a otros lo que acaba de descubrir, contagiándoles el deseo de descubrir la persona que le ha dado el manantial de la verdadera vida . Un camino a recorrer. Veámoslo más despacio.

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaría llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José: allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía. Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice:

--Dame de beber.

(Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida.)

La samaritana le dice:

--¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?

(Porque los judíos no se tratan con los samaritanos.)

Es Jesús quien comienza este encuentro. Tiene sed. Pide agua. A partir de aquí inicia un diálogo, que se revela como una enseñanza. Él va a ayudarle a caer en la cuenta de la verdadera sed que la habita.

Jesús le contestó:

--Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva.

Es la puerta de entrada. Conocer el don de Dios. Conocer lo que Dios está dándote. Caer en la cuenta de todo ello.

La mujer le dice:

--Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?

Jesús le contestó:

--El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.

El diálogo se hace interesante. La mujer intenta comprender. Jesús aprovecha la pequeña brecha que se ha abierto en el corazón de la mujer para establecer la diferencia entre el agua que no quita la sed y el agua que El mismo ofrece, agua que da la vida eterna.

La mujer le dice:

--Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla.

La brecha se ha abierto completamente. Ahora es ella quien pide esa agua que quita la sed, y que aliviará el esfuerzo cotidiano.

Él le dice:

--Anda, llama a tu marido y vuelve.

La mujer le contesta:

-- No tengo marido.

Jesús le dice:

--Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad.

Para recibir esta agua, Jesús pone una condición: reconocer la verdad de la propia vida, aunque esta sea dolorosa.

‘Cinco maridos’. Demasiado esfuerzo inútil, demasiada dispersión. Ir de aquí para allá, probar, apegarse a lo que vuelve a darte sed. Reconocerlo es la condición que Jesús pone a esta mujer para acoger el don de Dios, todo lo que Dios ofrece.

La verdad en la vida. Basta de engañarse, de hacerse falsas ilusiones para volver a caer en lo mismo.

La mujer le dice:

--Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén.

Jesús le dice:

--Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad.

Y ahora la mujer habla del culto: ¿dónde?, ¿en este monte o en Jerusalén?. Esta mujer vino, como tantas otras veces, a por un cántaro de agua. Sin darse cuenta, Jesús la está llevando a descubrir el verdadero culto, que se hace en espíritu y en verdad.

La mujer le dice:

--Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo.

Jesús le dice:

--Soy yo, el que habla contigo.

Y en ese deseo, que se ha despertado en ella por adorar al verdadero Dios, descubre que quien le habla es el Mesías, el Cristo.

En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: "¿Qué le preguntas o de qué le hablas?" La mujer entonces dejó su cántaro,

Su cántaro. Ya no le sirve. Demasiado tiempo perdido, tanta energía desaprovechada, beber para volver a tener sed. Ahora ha encontrado la fuente de agua viva.

se fue al pueblo y dijo a la gente:

--Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será éste el Mesías?

Y tanta es su alegría que no puede retenerla. Tiene que anunciarlo, gritarlo a los cuatro vientos. Sí, este hombre la conocía antes que ella fuese al pozo. Sabía lo que en el fondo buscaba, conocía lo raíz de la sed que continuaba a venir. Eso no se puede quedar para uno. Hay muchas otras personas que esperan que alguien, que ha descubierto en este hombre al Mesías, se lo anuncie también a ellos.

En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer:

--Me ha dicho todo lo que he hecho.

Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer:

--Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo.

¡Feliz semana!

Un abrazo. Fraternalmente.

Fernando García

 

lunes, 21 de marzo de 2011

La Transfiguración

AL HILO DEL EVANGELIO (6)

Mt 17,1-9

Caminamos con Jesús en este tiempo de Cuaresma, tiempo de gracia. ¿Qué es lo que hoy nos quiere enseñar?: la experiencia de la Transfiguración. No la vive solo. A su lado están Pedro, Santiago y Juan. Son sus discípulos. Nosotros también lo somos. Lo que ellos han vivido ¿no es también nuestra experiencia? Veámoslo más de cerca.

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.

Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús:

--Señor, ¡qué hermoso es estar aquí!

La belleza de estar con el Señor, de vivir en su presencia, de dejarse llevar por El. Todo es claridad, transparencia, LUZ.

Si quieres, haré tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

Y, a continuación, la tentación: querer quedarse ahí.

Me viene a la mente la espiritualidad intimista. Nos encontramos en nuestro grupo, cantamos, oramos, celebramos, compartimos, nos sentimos a gusto, protegidos… Mientras estamos en ese ambiente de calor humana, todo es belleza. La tentación: que todo eso que se ha vivido quede ahí, en el círculo de la sala, entre los amigos, separar lo de dentro y lo de fuera. Sería como una especie de microclima, que no se expone en contextos diferentes y adversos.

Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía:

--Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.

Una manera de seguir a Jesús sin tener en cuenta su Palabra. ¿Es posible? Es una gran tentación: quedarse en el nido ‘familial’, oyéndose a sí mismo. ¿Cómo vencerla? Escuchándolo, dedicando tiempo a estar con El. Y así, como esa lluvia que cae lentamente y va empapando toda la tierra, la Palabra va modelando todo lo que se es.

Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.

¿A qué se debe este espanto?, ¿por qué tienen miedo? Acaban de oír una Buena Noticia y se caen de miedo, como se suele decir en este caso, se hacen el pipí en los pantalones. ¿Por qué?

Pues, sencillamente, porque la experiencia de la vida cristiana te lanza al mundo, con sus contradicciones, sus desafíos, sus indiferencias, sus potencialidades…, en la familia, entre los compañeros de trabajo, en el trabajo, en los medios de comunicación, en el ocio, en los márgenes de la sociedad…Y ahí hay que vivir lo que se ha escuchado, lo que se ha vivido en el útero comunitario. Los discípulos tienen miedo, porque saben lo que les espera.

Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo:

--Levantaos, no temáis.

No están solos. El miedo desaparece cuando sentimos la presencia del Señor a nuestro lado que nos anima, nos levanta. Nos hace ver que esa experiencia de Transfiguración es una Buena Noticia para nuestra familia, nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo, nuestra sociedad…

Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.

Ningún otro, sólo El. Ningún otro apoyo, sólo El. Ninguna otra seguridad, sólo El.

Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó:

--No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.

¡Feliz semana!

Un abrazo. Fraternalmente.

Fernando García