domingo, 10 de abril de 2011

La resurrección de Lázaro

AL HILO DEL EVANGELIO (9)

Jn 11,1-45

Estamos en Betania, a media hora de camino de Jerusalén. Jesús tiene algo bonito que decirnos antes de entrar en la Semana Santa.

Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.

A partir de un acontecimiento corriente, la enfermedad y muerte de un amigo, Lázaro, Jesús anuncia a sus discípulos una Buena Noticia.

Apenas oye que Jesús está cerca, Marta va a su encuentro. En el diálogo que sigue, Jesús le dice:

Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?

Es esta la Buena Noticia. Me llama la atención la pregunta que Jesús hace a Marta: ¿Crees esto?. No lo da por descontado. Me viene al pensamiento las veces que oímos grandes verdades, cosas claras, pero no quiere decir que siga una adhesión. Pasa lo mismo en el nivel de la fe.

Algo de eso le estaba ocurriendo a Marta, ya que no es casual que Jesús le insista por una segunda vez: ¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?

¿Crees esto?. Es una invitación obligatoria a la personalización de la fe. Ahí está el núcleo: la vida es más fuerte que la muerte, el sepulcro se abrió. Es una cuestión de fe -se cree o no se cree-, que abre al misterio de la vida eterna. Este es el primer paso. Hay un segundo.

El que está vivo y cree en mí. Creer en la vida eterna que Jesús nos trae comporta traducirlo en la vida cotidiana. Esta frase se puede traducir de esta otra manera: el que vive en mí no morirá para siempre. Es la coherencia en la vida. La vida eterna que Dios me ofrece ejerce sobre mí una tal fascinación que no puedo vivir de otra manera. Esta vida eterna se visualiza en el día a día. Un ejemplo, el amor a la verdad forma parte de este nuevo estilo. En mi vida diaria no puedo negarla, infravalorarla o dejarla de lado. Sería una contradicción.

Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.

La relación que Jesús entretiene con el Padre: la CONFIANZA. No hay otro camino. Creer o no creer en las palabras de Jesús es cuestión de confianza y de amor. Es el lenguaje de la fe.

¡Feliz semana!

Un abrazo. Fraternalmente.

Fernando García

 

domingo, 3 de abril de 2011

El ciego de nacimiento

AL HILO DEL EVANGELIO (8)

3 abril 2011

Jn 9,1-41

Es curioso este texto. El ciego de nacimiento está ahí, delante de Jesús y de sus discípulos. Él no pide nada, no habla. Son los discípulos que viéndolo preguntan a Jesús sobre el origen de su ceguera. A partir de ahí, Jesús inicia a actuar.

Está ciego para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día, tenemos que hacer las obras del que me ha enviado; viene la noche, y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo.

Es una ceguera particular, no como todas las otras. A través de ella se van a manifestar las obras de Dios. Estas obras han de realizarse de día, no de noche.

La ceguera impide ver. En este caso impide ver las obras de Dios. Además, de nacimiento, como queriendo decir que nunca se dio cuenta del don gratuito de Dios en su vida y en la vida de sus semejantes.

Jesús da esta luz. El es quien puede abrir los ojos a quien los tiene cerrados. Siempre y cuando haya disponibilidad y deseo en la persona.

Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado).

La curación se realiza en el envío. Se abren los ojos de la fe en el momento en que se inicia a caminar acogiendo con confianza la voz de Jesús que surge en el fondo del corazón.

Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo.

Los vecinos y amigos no logran comprender lo que le ha sucedido. Su familia no puede más que constatar lo que es una realidad. Los responsables religiosos no se lo creen. Tienen ojos, pero no ven.

El, sin miedo y sin dejarse condicionar por la presión ambiental, dice lo que ha sucedido en su vida: ‘sólo sé que era ciego y ahora veo’.

Se deshacen de él. Lo expulsan de la sinagoga.

Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo:

-- ¿Crees tú en el Hijo del hombre?»

Él contestó:

- ¿Y quién es, Señor, para que crea en él?

Jesús le dijo:

-- Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.

Él dijo:

-- Creo, Señor.

Y se postró ante él.

Y recibe a Jesús como Señor de su vida. Ante Él, cae a tierra y se prosterna. Él es la luz del mundo.

Para un juicio he venido yo a este mundo; para que los que no ven vean, y los que ven queden ciegos.

¡Que paradoja! Los que no ven, ven y los que ven, quedan ciegos. ¿Cuál es la raíz de esta ceguera?: ¿el orgullo?, ¿la soberbia?, ¿la vanagloria?, ¿el ídolo de la autonomía personal?... ¿Cuál es la fuente de esta luz?: ¿la humildad?, ¿la confianza?...

Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron:

-- ¿También nosotros estamos ciegos?

Jesús les contestó:

-- Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado, pero como decís que veis, vuestro pecado persiste.

¡Feliz semana!

Un abrazo. Fraternalmente.

Fernando García

 

 

 

El ciego de nacimiento

AL HILO DEL EVANGELIO (8)

Jn 9,1-41

Es curioso este texto. El ciego de nacimiento está ahí, delante de Jesús y de sus discípulos. Él no pide nada, no habla. Son los discípulos que viéndolo preguntan a Jesús sobre el origen de su ceguera. A partir de ahí, Jesús inicia a actuar.

Está ciego para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día, tenemos que hacer las obras del que me ha enviado; viene la noche, y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo.

Es una ceguera particular, no como todas las otras. A través de ella se van a manifestar las obras de Dios. Estas obras han de realizarse de día, no de noche.

La ceguera impide ver. En este caso impide ver las obras de Dios. Además, de nacimiento, como queriendo decir que nunca se dio cuenta del don gratuito de Dios en su vida y en la vida de sus semejantes.

Jesús da esta luz. El es quien puede abrir los ojos a quien los tiene cerrados. Siempre y cuando haya disponibilidad y deseo en la persona.

Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado).

La curación se realiza en el envío. Se abren los ojos de la fe en el momento en que se inicia a caminar acogiendo con confianza la voz de Jesús que surge en el fondo del corazón.

Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo.

Los vecinos y amigos no logran comprender lo que le ha sucedido. Su familia no puede más que constatar lo que es una realidad. Los responsables religiosos no se lo creen. Tienen ojos, pero no ven.

El, sin miedo y sin dejarse condicionar por la presión ambiental, dice lo que ha sucedido en su vida: ‘sólo sé que era ciego y ahora veo’.

Se deshacen de él. Lo expulsan de la sinagoga.

Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo:

-- ¿Crees tú en el Hijo del hombre?»

Él contestó:

- ¿Y quién es, Señor, para que crea en él?

Jesús le dijo:

-- Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.

Él dijo:

-- Creo, Señor.

Y se postró ante él.

Y recibe a Jesús como Señor de su vida. Ante Él, cae a tierra y se prosterna. Él es la luz del mundo.

Para un juicio he venido yo a este mundo; para que los que no ven vean, y los que ven queden ciegos.

¡Que paradoja! Los que no ven, ven y los que ven, quedan ciegos. ¿Cuál es la raíz de esta ceguera?: ¿el orgullo?, ¿la soberbia?, ¿la vanagloria?, ¿el ídolo de la autonomía personal?... ¿Cuál es la fuente de esta luz?: ¿la humildad?, ¿la confianza?...

Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron:

-- ¿También nosotros estamos ciegos?

Jesús les contestó:

-- Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado, pero como decís que veis, vuestro pecado persiste.

¡Feliz semana!

Un abrazo. Fraternalmente.

Fernando García

 

 

martes, 29 de marzo de 2011

La Samaritana

AL HILO DEL EVANGELIO (7)

Jn 4,5-42

Tercer Domingo de Cuaresma. La progresión en la fe: de la nada a descubrir que ese que le está hablando es el Mesías, de la pasividad a testimoniar a otros lo que acaba de descubrir, contagiándoles el deseo de descubrir la persona que le ha dado el manantial de la verdadera vida . Un camino a recorrer. Veámoslo más despacio.

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaría llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José: allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía. Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice:

--Dame de beber.

(Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida.)

La samaritana le dice:

--¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?

(Porque los judíos no se tratan con los samaritanos.)

Es Jesús quien comienza este encuentro. Tiene sed. Pide agua. A partir de aquí inicia un diálogo, que se revela como una enseñanza. Él va a ayudarle a caer en la cuenta de la verdadera sed que la habita.

Jesús le contestó:

--Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva.

Es la puerta de entrada. Conocer el don de Dios. Conocer lo que Dios está dándote. Caer en la cuenta de todo ello.

La mujer le dice:

--Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?

Jesús le contestó:

--El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.

El diálogo se hace interesante. La mujer intenta comprender. Jesús aprovecha la pequeña brecha que se ha abierto en el corazón de la mujer para establecer la diferencia entre el agua que no quita la sed y el agua que El mismo ofrece, agua que da la vida eterna.

La mujer le dice:

--Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla.

La brecha se ha abierto completamente. Ahora es ella quien pide esa agua que quita la sed, y que aliviará el esfuerzo cotidiano.

Él le dice:

--Anda, llama a tu marido y vuelve.

La mujer le contesta:

-- No tengo marido.

Jesús le dice:

--Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad.

Para recibir esta agua, Jesús pone una condición: reconocer la verdad de la propia vida, aunque esta sea dolorosa.

‘Cinco maridos’. Demasiado esfuerzo inútil, demasiada dispersión. Ir de aquí para allá, probar, apegarse a lo que vuelve a darte sed. Reconocerlo es la condición que Jesús pone a esta mujer para acoger el don de Dios, todo lo que Dios ofrece.

La verdad en la vida. Basta de engañarse, de hacerse falsas ilusiones para volver a caer en lo mismo.

La mujer le dice:

--Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén.

Jesús le dice:

--Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad.

Y ahora la mujer habla del culto: ¿dónde?, ¿en este monte o en Jerusalén?. Esta mujer vino, como tantas otras veces, a por un cántaro de agua. Sin darse cuenta, Jesús la está llevando a descubrir el verdadero culto, que se hace en espíritu y en verdad.

La mujer le dice:

--Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo.

Jesús le dice:

--Soy yo, el que habla contigo.

Y en ese deseo, que se ha despertado en ella por adorar al verdadero Dios, descubre que quien le habla es el Mesías, el Cristo.

En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: "¿Qué le preguntas o de qué le hablas?" La mujer entonces dejó su cántaro,

Su cántaro. Ya no le sirve. Demasiado tiempo perdido, tanta energía desaprovechada, beber para volver a tener sed. Ahora ha encontrado la fuente de agua viva.

se fue al pueblo y dijo a la gente:

--Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será éste el Mesías?

Y tanta es su alegría que no puede retenerla. Tiene que anunciarlo, gritarlo a los cuatro vientos. Sí, este hombre la conocía antes que ella fuese al pozo. Sabía lo que en el fondo buscaba, conocía lo raíz de la sed que continuaba a venir. Eso no se puede quedar para uno. Hay muchas otras personas que esperan que alguien, que ha descubierto en este hombre al Mesías, se lo anuncie también a ellos.

En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer:

--Me ha dicho todo lo que he hecho.

Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer:

--Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo.

¡Feliz semana!

Un abrazo. Fraternalmente.

Fernando García

 

lunes, 21 de marzo de 2011

La Transfiguración

AL HILO DEL EVANGELIO (6)

Mt 17,1-9

Caminamos con Jesús en este tiempo de Cuaresma, tiempo de gracia. ¿Qué es lo que hoy nos quiere enseñar?: la experiencia de la Transfiguración. No la vive solo. A su lado están Pedro, Santiago y Juan. Son sus discípulos. Nosotros también lo somos. Lo que ellos han vivido ¿no es también nuestra experiencia? Veámoslo más de cerca.

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.

Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús:

--Señor, ¡qué hermoso es estar aquí!

La belleza de estar con el Señor, de vivir en su presencia, de dejarse llevar por El. Todo es claridad, transparencia, LUZ.

Si quieres, haré tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

Y, a continuación, la tentación: querer quedarse ahí.

Me viene a la mente la espiritualidad intimista. Nos encontramos en nuestro grupo, cantamos, oramos, celebramos, compartimos, nos sentimos a gusto, protegidos… Mientras estamos en ese ambiente de calor humana, todo es belleza. La tentación: que todo eso que se ha vivido quede ahí, en el círculo de la sala, entre los amigos, separar lo de dentro y lo de fuera. Sería como una especie de microclima, que no se expone en contextos diferentes y adversos.

Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía:

--Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.

Una manera de seguir a Jesús sin tener en cuenta su Palabra. ¿Es posible? Es una gran tentación: quedarse en el nido ‘familial’, oyéndose a sí mismo. ¿Cómo vencerla? Escuchándolo, dedicando tiempo a estar con El. Y así, como esa lluvia que cae lentamente y va empapando toda la tierra, la Palabra va modelando todo lo que se es.

Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.

¿A qué se debe este espanto?, ¿por qué tienen miedo? Acaban de oír una Buena Noticia y se caen de miedo, como se suele decir en este caso, se hacen el pipí en los pantalones. ¿Por qué?

Pues, sencillamente, porque la experiencia de la vida cristiana te lanza al mundo, con sus contradicciones, sus desafíos, sus indiferencias, sus potencialidades…, en la familia, entre los compañeros de trabajo, en el trabajo, en los medios de comunicación, en el ocio, en los márgenes de la sociedad…Y ahí hay que vivir lo que se ha escuchado, lo que se ha vivido en el útero comunitario. Los discípulos tienen miedo, porque saben lo que les espera.

Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo:

--Levantaos, no temáis.

No están solos. El miedo desaparece cuando sentimos la presencia del Señor a nuestro lado que nos anima, nos levanta. Nos hace ver que esa experiencia de Transfiguración es una Buena Noticia para nuestra familia, nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo, nuestra sociedad…

Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.

Ningún otro, sólo El. Ningún otro apoyo, sólo El. Ninguna otra seguridad, sólo El.

Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó:

--No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.

¡Feliz semana!

Un abrazo. Fraternalmente.

Fernando García

 

domingo, 13 de marzo de 2011

Cuaresma

AL HILO DEL EVANGELIO (5)

13 marzo 2011

Mt 4,1-11

En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo.

Inicia el tiempo de la Cuaresma. Un período de cuarenta días, de preparación al gran acontecimiento pascual. Un tiempo de gracia. Es el Espíritu el que lleva a Jesús al desierto para que sea tentado por el diablo. ¿Es posible? El Evangelio nos dice que fue así. Más aún, una primera conclusión sería que sin tentación no hay vida cristiana. Si Jesús ha sido tentado, quien lo sigue es también tentado. ¿De qué manera interpretarlo?

Me parece que la palabra clave para entender todo esto es el desierto. Entre las diferentes imágenes que me vienen al pensamiento cuando pienso en el desierto es la de sentirme perdido, desorientado. En medio del desierto, sin orientación alguna, sin puntos de referencia, ¿dónde ir?, ¿qué camino tomar?. ¿No es esta la realidad en algunos momentos de nuestra vida?: delante de una encrucijada, de una proposición, de una opción… ¿qué hacer?. Y es ahí donde aparece la presencia del diablo, proponiéndote su plan, su proyecto, su camino. Diablo, en su sentido etimológico, como quien intenta separarte de Dios, de la raíz de tu vida.

Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre.

Es lo que vivió Jesús. En ciertos momentos de su vida sintió la fascinación, la atracción por lo que el tentador le proponía. Sintió hambre, sintió el deseo de tener, de conseguir lo que había dejado atrás. En su interior había una pequeña voz de hacer las cosas de otra manera, a la manera del ‘mundo’.

El tentador se le acercó y le dijo:

--Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes.

¡Ah!, las cosas fáciles, la atracción por aprovechar de la ocasión, del momento, de la posición para ‘asegurarse’ la vida, para ‘dormir’ tranquilo.

Pero él le contestó, diciendo:

--Está escrito: "No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios."

La tentación está ahí. Sólo puede ser vencida por la fuerza de la Palabra de Dios hecha carne de nuestra carne.

Entonces el diablo lo lleva a la ciudad santa, lo pone en el alero del templo y le dice:

--Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Encargará a los ángeles que cuiden de ti, y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras."

Jesús le dijo:

--También está escrito: "No tentarás al Señor, tu Dios."

Pedir a Dios cosas imposibles. Utilizar, en el sentido de manipular, la Palabra para fines propios, en el sentido de egoístas.

Después el diablo lo lleva a una montaña altísima y, mostrándole los reinos del mundo y su gloria, le dijo:

--Todo esto te daré, si te postras y me adoras.

El texto podría haber comenzado por esta tentación, ya que muestra la verdadera intención del diablo, su verdadera cara. Con la primera no ha podido separarlo de Dios Padre, tampoco con la segunda. Lo que desea el diablo es que se le adore, y se le sirva incondicionalmente. Con los medios que él pone a tu alcance -sin escrúpulos, sin moral-, lograrás ser ‘alguien’ en el mundo.

Entonces le dijo Jesús:

--Vete, Satanás, porque está escrito: "Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto."

Entonces lo dejó el diablo, y se acercaron los ángeles y le servían

Adorar al Señor, tu Dios, es adorar a quien lleva su imagen, cada persona que vas encontrando en el camino.

Lo opuesto, es pensar en ti, en ti y en ti.

¡Feliz semana! y ¡feliz conversión!

Un abrazo. Fraternalmente.

Fernando García

 

lunes, 21 de febrero de 2011

Sed perfectos

AL HILO DEL EVANGELIO (4)

Mt 5,38-48

‘Sed perfectos como vuestro Padre celeste es perfecto’.

Con esta frase concluye el Evangelio de hoy. Cuando Jesús ha comenzado a hablar a sus discípulos les ha dicho: ‘Felices vosotros…’. Ahora les dice: ‘Sed perfectos…’. Es lo que Jesús desea y quiere para todos los que caminan con El. Jesús no les dice: ‘sois perfectos’, sino ‘sed perfectos’. Es un camino a recorrer. No se nace perfecto, se camina hacia la perfección. La imagen de nuestra vida nos puede ayudar a comprenderlo mejor: no nacemos ya hablando, ni razonando, ni responsabilizándonos… Es un camino progresivo.

¿Podemos ser perfectos como Dios, nuestro Padre es perfecto? La primera idea que nos viene al pensamiento es normalmente la negativa. Vemos lo que somos y nos decimos: ‘de ninguna manera’. Sin embargo, Jesús nos lo desea casi ‘forzándonos’ a creer en sus palabras. Sí, es posible ser perfectos porque Dios nuestro Padre nos ha dado todo lo que necesitamos para serlo.

Lejos de nosotros la vanagloria, la soberbia, la presunción. Es cuestión de humildad: saber reconocer lo que Dios ha depositado en nuestras vidas. Para comprenderlo mejor, la imagen que me viene al pensamiento es la de la semilla (de maíz, de trigo, de arroz, de lentejas, de garbanzos…), no importa que semilla. La semilla contiene en sí el código genético que le permite desarrollarse y dar otras semillas. Necesita ser enterrada en la tierra, agua, calor y comienza a sacar de dentro lo que lleva en el interior de ella misma. Dios nuestro Padre, al darnos la vida, nos ha dado el ‘código genético’ que necesitamos para poder ser perfectos como El. Hay que caminar. Es lo que Jesús nos está diciendo.

¿Creemos o no creemos en la Palabra de Jesús? No sólo no devolver mal por mal, sino devolver bien por mal, poner la mejilla izquierda, amar a quien no te desea el bien, desearle lo mejor y colaborar a su bienestar… Dios nuestro Padre nos ha dado todo lo que necesitamos para poder caminar en esta dirección

.

Y una pequeña historia de A. de Mello: Cómo distinguir el día de la noche.

‘Un maestro espiritual preguntó a sus discípulos cómo lograban saber cuando había terminado la noche y empezaba el día.

Uno de ellos respondió: ‘Cuando veo de lejos un animal y logro distinguir si es una vaca o un caballo’.

‘No’, respondió el maestro.

‘Cuando de lejos miras un árbol y logras distinguir si es un almendro o no’.

‘Tampoco’, respondió el maestro.

‘Y entonces, ¿cómo se logra distinguirlo?’, le preguntaron los discípulos.

‘Cuando miras en los ojos de no importa que hombre y reconoces en él un hermano; cuando miras en los ojos de no importa que mujer y reconoces en ella una hermana. Si no sabes hacer esto, es todavía noche, aunque sea mediodía’.

¡Feliz semana!

Un abrazo. Fraternalmente.

Fernando García

 

domingo, 13 de febrero de 2011

Pero yo os digo

AL HILO DEL EVANGELIO (3)

Mt 5,17-37

No creáis que he venido a abolir la ley o los profetas: no he venido a abolir, sino a darles el verdadero sentido.

Jesús nos dice que no ha venido a abolir la ley o los profetas, sino a darles el verdadero sentido. ¿Cuál es este verdadero sentido?

Me parece que es importante comprender el verdadero sentido de la ley en la práctica religiosa. En la tradición bíblica, la ley no actúa sola. No se trata de cumplir la ley por cumplirla: cumplo la ley, estoy salvado. Hay que comprender lo que precede a la ley: ahí se sitúa el don de Dios. Antes de la ley hay un don gratuito de Dios. La ley viene como ayuda para guiarnos en el camino.

Cuando oímos en el relato de la creación ‘comerás de todos los frutos del jardín, excepto del árbol que está situado en el centro del jardín’, la ‘limitación’ está precedida del don de la creación que Dios hace al ser humano. Cuando Dios da el Decálogo al pueblo de Israel, él ya ha establecido una alianza con su pueblo. Los Diez Mandamientos son una ayuda para caminar en la fidelidad a ese encuentro que ha tenido lugar con Dios.

¿Cuál es el don que Dios nos ha hecho y que precede todo lo demás? Somos hijos suyos, nos ha dado su misma vida. Los mandamientos nos indican el camino de Dios, nuestro Padre.

Os aseguro: si no sois mejores que los letrados y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos

Si nos quedamos en la mera observación de la ley, nos perdemos el gozo de vivir el don gratuito del Reino de los Cielos.

¿Era esto lo que les sucedió a estos letrados y fariseos? Es una tentación que nos acecha en nuestra vida espiritual.

Habéis oído que se dijo a los antiguos: no matarás y el que mate será procesado. Pero yo os digo: todo el que esté peleado con su hermano será procesado.

Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “renegado”, merece la condena del fuego. Por tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda.  

El mandamiento decía: ‘No matarás’. Jesús le da el verdadero sentido. Se trata de la relación que establecemos con nuestros semejantes. ‘Matamos’ a nuestro herman@ cuando lo ofendemos, cuando lo insultamos, cuando lo criticamos negativamente, cuando lo miramos con un cierto aire de desprecio, de superioridad, cuando lo ignoramos, cuando… cuando…

La relación que mantenemos con nuestr@s herman@s nos indica la calidad, la autenticidad o no de nuestra relación con Dios. Con el prójimo no se bromea.

La tentación podría ser de pensar que puedo ir hacia Dios sin preocuparme demasiado de la criatura de Dios. La verdadera y auténtica adoración de Dios se realiza en los herman@s. ¡No nos engañemos!. ‘¿Cómo puedo amar a Dios a quien no veo y no amar al prójimo a quien veo?’, nos dice san Juan. Y él nos dice que si alguien dice eso, es un mentiroso.

Desear el bien del otro y trabajar incansablemente por conseguirlo, como si fuese para mí. Colaborar positivamente a que el otro viva una vida plena y feliz, la vida de los hijos de Dios.

Habéis oído el mandamiento “no cometerás adulterio”. Pues yo os digo: el que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior.

Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en el Abismo. Si tu mano derecha te hace caer, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar al Abismo.

El espíritu que subyace a este mandamiento es el de la pureza de corazón, de la vista, de los pensamientos. Educar nuestros sentimientos, no dejarlos que nos lleven allí donde no deberíamos ir. No ver en la persona un objeto de deseo instintivo, sino la presencia de Dios. .‘¡Felices los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios!’

La radicalidad de Jesús -‘más te vale perder un miembro…’- nos dice que el asunto es delicado y serio

Está mandado: “El que se divorcie de su mujer, que le dé acta de repudio.” Pues yo os digo: el que se divorcie de su mujer –excepto en caso de prostitución-- la induce al adulterio, y el que se casa con la divorciada comete adulterio.

En el momento de bendecir la unión conyugal, hay un compromiso de fidelidad: en las alegrías y en las penas, en los momentos fáciles y en los difíciles, en lo agradable y en los sinsabores… Todo ello es realizable si Jesús ocupa su plaza: El es el nexo de unión entre el hombre y la mujer. Con El, la fidelidad está garantizada.

Sabéis que se mandó a los antiguos; “No jurarás en falso” y” Cumplirás tus votos al Señor.” Pues yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo pelo. A vosotros os basta decir si o no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno.

Ser hij@s de la verdad, de la transparencia, de la honestidad, del si es si y del no es no, simplemente porque somos hij@s de Dios.

Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.

¡Feliz semana!

Un abrazo. Fraternalmente.

Fernando García

 

 

domingo, 6 de febrero de 2011

Vosotros sois

AL HILO DEL EVANGELIO (2)

Mt 5,13-16

--Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del candelero, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.

Lo primero que retiene mi atención es la afirmación de Jesús: Vosotros sois la sal de la tierra, Vosotros sois la luz del mundo. Jesús no dice: vosotros podréis o podríais ser, sino vosotros sois. Sus discípulos son sal de la tierra y luz del mundo. Por consiguiente, nosotros lo somos. Hay que tener fe en estas palabras de Jesús.

En la vida cristiana no hay enemigo peor que la duda. Ella nos debilita, nos hace creer lo que la Palabra de Dios no dice.

Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo. Se es luz del mundo a través de las buenas obras. Dicho de otra manera, las buenas obras hacen que la persona ilumine a su alrededor, que todo se vea claro, el cielo en la tierra.

Las buenas obras hablan de la bondad del ser humano. Dios nos ha creado para hacer el bien, para obrar por el bien de la humanidad. Es para esto que El nos ha dado la vida.

A veces, el pesimismo puede entrar en nuestra mente y en nuestro corazón. Y el pesimismo conduce a la desconfianza: lo que puedo hacer no tiene mucha importancia. Sin darnos cuenta nos instalamos en la mediocridad. Llegamos a distinguir el bien del mal, pero no tenemos la fuerza interior que necesitamos para salir de esa vida gris en la que nos hemos metido.

Las buenas obras tienen como finalidad dar gloria a nuestro Padre. Como decía un padre de la Iglesia: ‘la gloria de Dios es que el hombre viva’. Dar gloria a Dios es enaltecer la dignidad de toda persona, colaborar con nuestras fuerzas, pequeñas o grandes, a humanizar nuestro mundo, que es obra de Dios.

Vosotros sois la sal de la tierra. La sal da el gusto a la comida. Ser sal de la tierra es dar gusto bueno allí donde nos encontramos. Dicho de otra manera, hacer agradable la vida a nuestro prójimo. Una persona que da paz, que transmite alegría, esperanza, que anima al abatido, que saca fuerzas de donde no las hay, que mira el lado positivo de las cosas, que gasta su vida silenciosamente, que parece que no está, pero que cuando no está, la echamos de menos…

Y si no somos sal que da el gusto bueno a la vida, ¿qué sentido tendría nuestra vida caminando con Jesús?

¡Feliz semana!.

Un abrazo. Fraternalmente.

Fernando García

 

martes, 1 de febrero de 2011

RV: Al hilo del Evangelio-Enero 2011 (1)

Querid@s amig@s: la Palabra de Dios es vida. Dios nos la ofrece como camino de Vida Eterna. Quisiera a lo largo de este año ir compartiendo con vosotr@s el eco de esta Palabra en mi vida. Se trata del Evangelio del Domingo. Espero encontrar siempre un ratillo para escribirla y enviárosla. Lo haré después del Domingo, una vez que la haya celebrado con la comunidad cristiana allí donde seré enviado ese Domingo.

Al mismo tiempo, me gustaría leer el eco del mismo Evangelio en vuestras vidas. Si os es posible, podéis compartirlo.

Caminando unidos con Jesús en los diversos rincones de nuestro mundo, un abrazo fraterno.

Fernando García

 

Mt 4,1-25

Así se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías: Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, en el camino hacia el mar, a la otra orilla del Jordán, Galilea, tierra de paganos, escuchen: La gente que vivía en la oscuridad ha visto una luz muy grande; una luz ha brillado para los que viven en lugares de sombras de muerte.

 

Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:

-- Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.

 

La primera palabra sobre la que mis ojos se han fijado es: Convertíos. La palabra conversión, a menudo se asocia a un esfuerzo considerable que hay que hacer para reorientarse, ponerse en el lugar justo.

En este caso, la conversión viene a ser como una puerta de entrada al reino de los cielos. Parece que Jesús dice que para darse cuenta que el reino de los cielos está ahí, hay que convertirse.

¿Y si damos la vuelta a la tortilla? Lo primero es el hecho de que el reino de los cielos está ya aquí en medio de nosotros: Dios está entre nosotros. Nuestra fe nos dice que antes de que hagamos algo, Dios ha dado el primer paso.

Dios nos ha ‘visitado’, dándonos gratuitamente lo que somos: cualidades, talentos, dones, gracia sobre gracia.

En este contexto, la conversión consistiría, en un primer momento, en darse cuenta de lo que el Señor nos ha dado gratuitamente. Caer en la cuenta de que todo eso no es obra mía, no es gracias a mí. Es puro don, es regalo de Dios.

A continuación, preguntarme: todo eso que he recibido gratuitamente, ¿para qué está sirviendo?, ¿al servicio de quién o de qué cosa lo estoy poniendo? Lo que está desorientado, ponerlo en la dirección justa: para que ayude a hacer crecer el Reino de los Cielos. Ahí estaría el segundo momento de la conversión.

Viendo así las cosas, y si me he dado cuenta de la gratuidad de Dios en mi vida, la conversión viene a ser un deseo ardiente. Deseo ardientemente la conversión en mi vida, porque ahí está la felicidad. El deseo de Dios de una sociedad-familia se convierte en mi deseo personal por el que día tras día lucho y trabajo: ¡que el reino de los cielos avance!

Pasando junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores.

Les dijo: Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres.

Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y, pasando adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.

En esta segunda parte del Evangelio, mis ojos se han detenido en la palabra Inmediatamente, que está repetida dos veces. Es la respuesta a la llamada que Jesús les hace. Me pregunto, ¿qué impacto ejerció sobre Simón, Andrés, Santiago y Juan la llamada de Jesús, para que inmediatamente dejaran trabajo, familia, seguridad, estabilidad…?.

Me viene al pensamiento otra palabra: FASCINACION. Sí, debió ser algo así: completamente fascinados por Jesús. El ‘Inmediatamente’ no se comprende de otra manera. Jesús les tocó el corazón. A partir de ese momento, hay un antes y un después. La vida que llevaban queda relativizada ante lo que acaban de descubrir.

Y se lanzan. ¿Qué les espera?, ¿a dónde van? Esas preguntas no se hacen. Están con el tesoro que acaban de descubrir.

 

Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo.

 

Jesús sigue adelante proclamando el Evangelio del reino. Ahora no está solo. Lo siguen, lo acompañan quienes han quedado fascinados por El, por su Palabra.

Me pregunto: ¿qué es la evangelización? Anunciar, proclamar, decir a los cuatro vientos, ‘a tiempo y a destiempo’ en lenguaje de Pablo, que Alguien ha venido a nuestro encuentro, ha pronunciado nuestro nombre, nos ha introducido en el secreto del reino de los cielos. Y puesto que lo ha hecho con nosotros, del todo normalitos, con nuestros altibajos e incoherencias, también lo quiere hacer contigo.

 

30 Enero 2011

Mt 5,1-12

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar, enseñándoles:

--Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

· Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.

· Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra.

· Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.

· Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

· Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

· Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios.

· Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

· Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa.

· Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.

La primera palabra que salta a mi vista es Dichosos. Está repetida nueve veces. Y es la primera palabra que Jesús dirige a los que le siguen de cerca y a los que han venido a escucharlo de los cuatro rincones de la geografía. Jesús anuncia una palabra de dicha, de felicidad.

En este contexto, ¿quién es el dichoso?, ¿quién es la persona feliz? Me parece que es aquel que acoge con humildad y alegría lo que Dios le ofrece y encuentra en ese don la felicidad.

Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Me ayuda para comprender esta bienaventuranza la traducción que hace la Biblia en francés corriente, que dice algo así: ‘Felices los que se reconocen pobres en ellos mismos, por que de ellos es el reino de los cielos.

Es la primera bienaventuranza y la clave para entrar en las demás. Reconocerse pobre, limitado, necesitado en lo más profundo de si mismo es la condición para reconocer el sitio de Dios. El contrario es el orgullo, la autosuficiencia…

La primera tentación de la que la Biblia nos habla en el relato de Adán y Eva es precisamente el deseo que hay en el ser humano de igualar a Dios, de ocupar su plaza.

Sentirse pobre te abre al otro, al otro, al otro y al… Otro, a Dios.

El reino de los cielos es simple, es sencillo. Pero como cuestiona nuestras fibras de omnipotencia, es por eso que nos parece lejano.

La compasión, la empatía, la dulzura, la sed y hambre de justicia, la misericordia, la limpieza de corazón, la lucha por la paz son dones que el Señor da continuamente. Feliz es la persona que sabe acogerlos como dones y encuentra ahí la felicidad.

 

 

lunes, 24 de enero de 2011

Cultura y Evangelio

El lunes pasado nos encontramos los religiosos que estamos en Bafoussan para una reunión de formación. El tema se articulaba en torno a una pregunta: ‘¿el poder de la tradición, concretizado y visualizado en el poder que ejerce el jefe del poblado con su corte de notables sobre la población, está siendo un impedimento para el avance de la evangelización?’.

Esta pregunta surge de una constatación, hecha por los que llevan aquí bastantes años de vida misionera: la disminución de los hombres en la vida de la Iglesia. Hay indicios bastantes fundados de que el poder del poblado ejerce una presión fuerte hacia los hombres para que den continuidad a la tradición.

La tradición conlleva prácticas que no cuajan con el Evangelio: la manera de concebir y ejercer el poder, la concepción de familia (la poligamia) y de las relaciones sociales, ciertos ritos cultuales, protecciones (tótem)…

Asistimos unos 15 entre claretianos, jesuitas, escolapios, reparadores, cistercienses y javerianos.

Nos ayudaron en la reflexión dos sacerdotes de esta diócesis. Fueron interesantes los elementos que aportaron, que a mi modo de ver se complementaban, aunque ellos partieron de dos visiones diferentes. Matias, ya en los 70 años, agradecía la acogida que la evangelización ha tenido en los diferentes poblados, gracias a los jefes. Sin ellos, decía, no hubiera sido posible que hoy la Iglesia estuviese implantada como lo está.

Vincent de Paul, en los 40 años, era más crítico con la tradición. Y se basaba en su propia experiencia, pues él es hijo del jefe de un poblado. “Yo no hablo por lo que he oído, sino por lo que mis ojos han visto, mis oídos han oído y mi corazón ha sentido”. Y añadía, “yo he nacido y he crecido en el corazón de la tradición. La novedad que aporta el Evangelio, en sus diferentes dimensiones no cuaja con lo que ofrece la tradición. Hay una ruptura. No se puede tener un pie en la Iglesia y el otro en tradición”.

¿Es objetivo decir que la presencia de los hombres en la vida de la Iglesia está disminuyendo? Viendo las asambleas dominicales, se ve una presencia mayor de mujeres. Pero esto también sucede en el Chad y en… mi pueblo.

Vincent de Paul añadió un elemento nuevo: la fascinación que está ejerciendo oriente en particular sobre los que viajan hacia Asia por razones comerciales. Al regresar, incorporan elementos de estas sociedades. Habló de la magia como medio para enriquecerse rápidamente.

La evangelización de una sociedad exige conocer la mentalidad que subyace para ver de que manera se puede ofrecer mejor la Buena Noticia del Amor de Dios. Una tarea que necesita actualizarse continuamente.

Un abrazo. Fraternalmente.

Fernando García

 

domingo, 2 de enero de 2011

¡Feliz Año Nuevo 2011!

¡El Señor te bendiga y te guarde!

¡El Señor haga resplandecer su rostro sobre ti y te mire con buenos ojos!

¡El Señor vuelva hacia ti su rostro y te de la paz!

                                                           (Núm. 6,22-27)

Iniciamos un nuevo año. ¡Que la bendición del Señor te acompañe!

Me gustaría que esta frase, que el evangelio de Lucas aplica a Jesús, te acompañase durante los 365 días del nuevo año: “Jesús iba creciendo físicamente, progresaba en sabiduría y era agradable a Dios y a los hombres.” (Lc 2,52)

Día tras día, ser una persona agradable en la manera de hacer las cosas, de hablar, de pensar, de colaborar, de mirar hacia el futuro… En casa, en el trabajo, con los amigos, en la comunidad, en la asociación… Con la familia, con los niños, con los jóvenes, con los adultos, con los ancianos…

Que en este año, tu vida sea “como un perfume de olor agradable” (San Pablo).

¿Qué mejor regalo podemos pedir a los Reyes?

 

¡Feliz Año Nuevo 2011!

Un abrazo. Fraternalmente.

Fernando García